experimentemos

“Fraudes científicas”

Posted on: octubre 21, 2010


La revista Science publicó en mayo de 2005 un experimento sobre células madre humanas del científico surcoreano Hwang Woo Suk. El equipo de Hwang había obtenido once células madre de embriones humanos clonados de diversos pacientes. Estos presuntos éxitos en el campo de la clonación tuvieron una gran repercusión en la comunidad científica internacional y en la opinión pública, pues abrían el camino para el tratamiento de enfermedades consideradas incurables actualmente, como por ejemplo la diabetes y el parkinson. Sin embargo, meses más tarde un comité investigador de la propia universidad de Hwang anunció que no encontró ninguna evidencia sobre la autenticidad de los logros sobre las células madre de embriones humanos clonados, y que el trabajo de Hawng y publicado en Science era falso.

Este hecho no sólo ha supuesto que la reputación de Hwang quede seriamente dañada, sino que el fraude cometido por el investigador surcoreano ha dejado como efecto colateral un largo reguero de dudas sobre los filtros que aplican las grandes revistas científicas para seleccionar y publicar los estudios que reciben. En particular, su engaño ha afectado seriamente al prestigio de las dos grandes revistas científicas, la estadounidense Science y su competidora británica Nature, que deben buena parte de su crédito e impacto internacional a la exhaustiva revisión de los métodos y resultados de los estudios que seleccionan.

A diferencia de lo que ocurre en otros campos, los investigadores comparten sus conocimientos haciendo públicos los resultados y métodos de sus trabajos en revistas especializadas para contribuir, en última instancia, al avance de cada disciplina científica. Para garantizar este proceso, las revistas científicas someten cada estudio al escrutinio de expertos independientes de semejante o superior prestigio al de los autores. La mayoría de los estudios no supera la criba de los revisores, que ejecutan su trabajo de forma anónima e implacable. También es muy frecuente que los autores se vean forzados a modificar buena parte del estudio para clarificar aspectos. Con este sistema, que se conoce como “peer review”, se garantiza la calidad y reproducibilidad de la ciencia. Ahora la pregunta que queda en el aire tras el fraude coreano es ¿cómo fue posible que ni los editores ni los revisores anónimos de Science no detectasen que Hwang Woo Suk falseó datos e imágenes?.

El caso del investigador coreano, no es el único, recordemos el fraude científico más famoso de la historia, El Hombre de Piltdown, que sobrevivió durante cuarenta años con el nombre científico de Eoanthropus dawsoni. El fósil, encontrado en Sussex (Gran Bretaña), fue presentado en 1912 como restos humanos que tenían unos 500.000 años y proporcionaban a los prehistoriadores ingleses un homínido propio y, además, no uno cualquiera. Porque el hombre de Piltdown era el deseado eslabón perdido: su bóveda craneal era humana, pero su mandíbula tenía aspecto simiesco. Este nuevo homínido fue el orgullo del nacionalismo inglés y sobrevivió cuatro décadas como antepasado del hombre moderno, hasta que en 1953 un grupo de investigadores del Museo Británico reveló que se trataba de una falsificación. La bóveda craneal era humana, aunque no tenía más de 50.000 años, y la mandíbula correspondía a un orangután y había sido teñida para que pareciera antigua y los colores encajaran. Lo que todavía no se sabe es quién perpetró un fraude alrededor del cual hubo personajes muy ilustres del momento.

Otro fraude científico parecido al de Piltdown, tuvo lugar hace unos seis años debido a la búsqueda de la conexión definitiva entre dinosaurios y aves. En las últimas décadas, la paleontología ha reunido un número creciente de pruebas que demuestran que por nuestros cielos vuelan descendientes de los dinosaurios. Así que, un fósil de un dinosaurio con alas sería un hallazgo impresionante. Está fue la imagen de portada de la National Geographic Magazine en noviembre del año 1999, “un auténtico eslabón perdido en la compleja cadena que conecta dinosaurios y aves”. Se llamaba Archaeoraptor liaoningensis y había sido encontrado en China en los años 90. El nuevo fósil duró poco en el cielo paleontológico. A finales de enero de 2000, la National Geographic Society admitió que el bicho con alas emplumadas y cola de dinosaurio era un engaño, una pieza fraudulenta. El escáner demostró que el dinosaurio original era un pequeño carnívoro, Microraptor zhaoianus, al que se habían trasplantado partes de un ave, Yanornis martini.

En resumen, que en realidad no es tan infrecuente la publicación de estudios con errores o falsos, pero siempre son detectados con posterioridad. Hay varios factores que explican la publicación de estudios científicos erróneos, pero destaca el hecho de que si el texto que llega viene firmado por algún científico prestigioso o procede de alguna institución acreditada, los filtros se relajan y la disposición a publicarlos crece. Más aún, si la investigación que se pretende publicar promete un fuerte impacto mediático, como es el caso de la clonación terapéutica en humanos. La ciencia tampoco está exenta de la atracción del éxito y la fama.

Sin embargo, debemos estar tranquilos. Aunque los investigadores consigan publicar sus resultados en las revistas más prestigiosas, los fraudes en ciencia acaban siempre saliendo a la luz por la propia naturaleza del método científico, que, para validar un avance, exige que otros investigadores lleguen de forma independiente a las mismas conclusiones que el autor del descubrimiento.

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